|
La crisis norteamericana, en su ámbito financiero, desatada hace ya unos cuantos meses, sumada al problema del déficit en las cuentas externas y del presupuesto gubernamental, definen un panorama más o menos claro del destino de la moneda norteamericana.
Estados Unidos está interesado, además, en bajar el valor de su moneda para de esta manera hacer competitiva la producción nacional, frenar el desempleo y aumentar las exportaciones, al mismo tiempo que disminuir las importaciones.
Estas políticas de más largo plazo van acompañadas de reducción de la tasa de referencia del FED, que ha llegado a colocarse a niveles del 2%, lo que desestimula la inversión financiera y estimula la productiva.
Estados Unidos vivió hace no mucho (2001-2002) otra crisis de su economía, esa vez procedente del mundo bursátil, producto de la especulación accionaria y defraudación de grandes empresas, la
más conocida es la ENRON. En esa oportunidad, muchas c
ompañías falsearon sus resultados contables con la finalidad de
aprovechar la racha de retornos de capitales desde Asia que estaba en crisis, los que alimentaron un alza de las acciones estadounidenses de manera tan fenomenal, que se decía que, en las clases medias, llegó un momento, justo antes de la crisis, en que hasta el 50% de los gastos de esos norteamericanos estaban financiados por tales excedentes bursátiles. La plana gerencial de esas empresas defraudatorias hicieron su agosto y se enriquecieron a costa de los confiados poseedores de acciones e, incluso, de los experimentados administradores de fondos financieros.
Repercusiones
Para América Latina y Chile, esta situación en Norteamérica tiene repercusiones diversas: los países que dejan caer el dólar, como Brasil o Chile, deberán enfrentar problemas en su economía real, ya que su sector exportador reduce las utilidades y se hace menos competitivo.
En el sector financiero, el diferencial de tasas puede atraer a los temidos "capitales golondrina", que, se sabe, han desestabilizado nuestras economías en el pasado.
Chile, que suavizó el efecto de arremetidas financieras especulativas en los 90 gracias a que mantenía una normativa de resguardo a través del encaje, hoy ya no cuenta con esa protección debido al Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos. Sabido es que para firmarlo, el país del Norte exigió la eliminación de dicha normativa. Ahora que Chile mantiene tasas referenciales de interés del 6,5% y EE.UU. acercándose al 2 %, el riesgo de que una masa importante de capitales vengan por el diferencial, es alta.
Panorama chileno
Este panorama, lanzaría el dólar en picada, dentro de la economía chilena, cuyas dimensiones modestas hacen más compleja la situación, dado que una cantidad poco significativa de dólares puede provocar, no un estornudo, sino una postración severa.
Chile está siendo perjudicado en su economía exportadora, pero nacionalmente perjudica a Codelco y por tanto al Fisco. Las empresas transnacionales que exportan productos nacionales, como casi no aportan tributación y dejan sus ganancias en el extranjero, no repercuten de manera relevante en el ingreso que interesa a los chilenos.
Por otra parte, un dólar bajo ayuda a combatir la inflación de tipo estructural, más la especulativa, que sufre nuestro país (energía, alimentos, productos industriales), siempre y cuando el diferencial de precios que permite un dólar bajo incida en una reducción de precios finales al consumidor y no quede atrapado en las manos de los oligopolios importadores.
Chile tiene pocas oportunidades de definir por sí solo la tendencia final del dólar, ya que Estados Unidos mismo lo lleva a la baja y, obviamente, lo que podemos cambiar dentro del contexto mundial es una fracción tan mínima que más vale no tomarla en cuenta.. Tratar de esterilizar dólares llevando al exterior los fondos de pensiones, es una política riesgosa y poco efectiva; las compras de divisas por parte del Banco Central son paños tibios para un mal que requiere tratamiento integral.
¿Qué hacer?
Lo que se debe hacer es reponer alguna medida de freno a las divisas externas o aprovechar la bonanza de moneda dura para relanzar una política de inversiones a gran escala, lo que aumenta el uso de capital en moneda nacional e internacional, se repone las estructuras deficientes, necesarias para enfrentar los desafíos del futuro inmediato y de mediano plazo. Con una política de inversiones internas se reactiva, además, el dormido sector de las Pymes, se incrementa el salario digno, se frena la presión social, que viene en frontal aumento, se repotencia el uso de factores en toda la cadena y sectores de la producción, el Fisco recauda más impuestos y se relativiza la presión financiera externa.
China lo hizo de esta forma durante la crisis asiática y creció, en plena crisis, a tasas de casi dos dígitos y sin trastornos ni sobrepujos. Luchar a favor de la corriente es mejor que tratar de frenarla con instrumentos insuficientes y a la larga impotentes. Tomar el desafío de crecer, aprovechando los recursos del cobre (que deben recuperarse de verdad) y los de las AFP, que pueden destinarse a financiar proyectos de desarrollo en las áreas de exportación de gran demanda, lo que daría una rentabilidad asegurada y más elevada a los pensionados del país, parece constituir la única salida racional en los momentos que vive la economía mundial y mirando sin ideologismos momificantes el punto de inflexión de nuestra etapa del desarrollo.
Hugo Latorre
Economista Social |