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Hugo Latorre
Economista y cientista político |
Los medios de comunicación y las instituciones de estudios están pendientes de lo que está aconteciendo en el mundo con la denominada nueva crisis económica. Las políticas de globalización, que se imponen desde los años 80, conllevan una serie de condicionantes económicas y culturales que tensionan a los países de manera acelerada y frontal.
Pareciera que, de pronto, el mundo fue movido de su eje y ahora gira con una inclinación que ocasiona una inestabilidad e inseguridad intranquilizadoras. Todo parece cambiar de manera impredecible. Asia se levanta como una gran potencia industrial y comercial, mientras que las viejas naciones poderosas del siglo pasado no logran salir de sus problemas. Rusia y Brasil son promesas en ciernes, mientras que México y Argentina tambalean en una situación compleja e indefinida. Toda la geopolítica se rearma. Si hasta algunos de los países árabes comienzas a dar pasos de liberación social y política. La sociedad norteamericana, y ahora la de Europa, entran en un estrés que amenaza con grandes cambios en sus estrategias de desarrollo. El planeta tierra pareciera acusar la factura en la sobredemanda de materias primas, alimentos y recursos naturales. Los precios internacionales de los recursos se elevan, a la vez que ciertos bienes comienzan a escasear.
Todo ello nos habla de una problemática mundial no resuelta, alque que los "sabios del Club de Roma" destacaban por el año 1974, pero que recién ahora parece concretarse en episodios climáticos, ecológicos e inflacionarios. Ningún estudioso de las prospecciones puede atreverse a dar un diseño del mundo a 30 años, pues los cambios tecnológicos y de organización que vienen son tan enormes y radicales, que pareciera que "todo lo solidamente instalado será desmantelado y todo lo sagrado será profanado".
Ante una perspectiva tan móvil, lo que debe primar es la apertura mental y la flexibilidad extrema de los sistemas. Toda estructura rígida amenaza ser fracturada y toda doctrina relativizada. Los hombres debemos acostumbrarnos a vivir bajo otro paradigma, pero que se caracterice por su transitoriedad en fuga. Los conservadurismos de cualquier tipo serán empotrados en los anaqueles arqueológicos, pero tal vez valga la pena recordar esa frase del sofista Protágoras que pone al "hombre como centro y medida de todas las cosas", pues esa verdad será el ancla que mantenga a la humanidad instalada en un mundo que sea digno de ser habitado.