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| Pablo Cabrera, Director de la Academia Diplomática de Chile Andres Bello. |
La Revista “Cuerpo Diplomático”, durante veinticinco años de existencia, aniversario que hoy saludamos en forma especial, ha mostrado a través de sus páginas y reportajes una cercanía con la actividad diplomática en Chile, destacando aspectos propios de la profesión a un público diverso y multifacético, cuyas vivencias, sueños y expectativas se forjaron en un contexto diferente al que se está verificando ahora en pleno siglo XXI y que se expresa en los desafíos que presenta un proceso de globalización, denominado por algunos como el advenimiento de la tercera revolución industrial.
Se trata del inicio de una nueva época y del término de otra, transcurso que permite discernir respecto del valor e importancia de la diplomacia y de su necesaria innovación para beneficio de una incorporación fluida de la comunidad a esta era histórica, que perfila una nueva civilización aún de manera difusa. El debate, entonces, se centra en la capacidad del sistema mundial para abordar las tensiones, desafíos, riesgos y oportunidades que surgen de la dinámica global en su propio ámbito. La tercera revolución industrial significa el surgimiento de una nueva sociedad: la de la información y el conocimiento, que acicatea la definición de prioridades y la mejoría en las técnicas y métodos de comunicación de parte de todos los actores conforme las nuevas redes sociales alcanzan una densidad y envergadura nunca antes conocida.
La exigencia es aún mayor si se asume que este mundo ya es otro mundo: los estados y las instituciones necesitan concertarse para mejorar la interlocución, precisar el diagnóstico y fomentar nuevas sinergias para enfrentar coherentemente los retos y las falencias que el sistema presenta. Las demandas societales actuales superan la mera perspectiva política o económica de las cosas, adquiriendo, también, una dimensión humana: el temor, la indefensión y la inseguridad adquieren formas globalizantes, llegando a minar la cobertura de la justicia y la solidaridad y hasta desafiar la mismísima privacidad de las personas. Todo esto, junto con redefinir la vida y la conducta de millones de seres humanos, produce un cambio de la actividad y el quehacer diplomático.
La diplomacia, en consecuencia, debe imperativamente asumir una actitud de innovación, aunque sin perder su identidad y carisma. Hoy, más que nunca, no cabe que sea encasillada en meras tareas de negociación o de mediación política y comercial; tampoco debe dar motivo a ser percibida o analizada desde una perspectiva puramente corporativista o elitista. La diplomacia vale en sí misma en un mundo específico de relaciones entre los estados y, también, referida al ámbito de las distintas sociedades nacionales. Se dimensiona por lo que aporta en paz, seguridad, riqueza y valor para todos los ciudadanos y la comunidad mundial entera. De ahí la necesidad que ella asuma una innovación permanente. Como apuntaba ese dilecto intelectual italiano Benedetto Croce: …la historia es la que determina el cambio. Basta una mirada holística del panorama global en que nos insertamos para validar esta reflexión.
Situados en esta perspectiva, se observa más nítidamente cómo las antiguas civilizaciones se expresan en el mundo contemporáneo con nuevos bríos y renovadas inquietudes que invitan a reflexionar acerca de nuevas fórmulas de convivencia, amistad cívica y respeto mutuo. La diplomacia, a través de un diálogo cultural, se dimensiona como un vehículo válido para alcanzarlas. En un mundo que podría caracterizarse como del 2.0, la gestión pública de la diplomacia encuentra un espacio para canalizar sentimientos, expectativas y esperanzas de distinto tipo para ser consideradas en las grandes decisiones globales encaminadas al establecimiento de un Nuevo Orden Internacional; sus credenciales se sustentan en una acumulación de conocimientos y experiencias, que corresponde compartir universalmente, incluidos los medios de comunicación que, como la Revista “Cuerpo Diplomático”, adquieren, asimismo, un rol fundamental en la Mundialización.