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El 18 de septiembre de 1874 se inauguró el Jardín Elíptico de la Alameda de las Delicias (actual Avenida del Libertador General Bernardo 0'Higgins). Era una estatua en honor a la ciudad de Buenos Aires. Antes de iniciarse la ceremonia, la gente merodeó curiosa en torno al monumento y leyó con detenimiento las frases grabadas: "A la ciudad de Buenos Aires, la ciudad de Santiago".
Por los costados se apreciaban inscripciones alusivas al Tratado de Comercio y Amistad de 1856, al Telégrafo Transandino y al Ferrocarril de Los Andes. Precisamente, en estos tres elementos centró don Benjamín Vicuña Mackenna la presentación del monumento, en excepcional pieza oratoria: "Señores, consagramos esta estatua bella, tranquila, casi dulce, no a la arrogante y guerrera Buenos Aires de 1810 y 1820, sino a la laboriosa, a la inteligente, a la pacífica e industriosa capital del Plata de 1856 y 1874" .
Cuarenta y nueve años más tarde, en 1923, fue removido el monumento y reinaugurado en el cerro Santa Lucía, en brillante ceremonia que contó con la presencia del presidente Arturo Alessandri Palma y su gabinete en pleno.
Fuente artística para Chile
El 13 de septiembre de 1910 tuvo lugar en la Intendencia de Buenos Aires una sesión para tratar el proyecto presentado por los concejales Sommer, Castaño y Ramallo, por el cual se dispuso que fuera ofrecida a la Municipalidad de Santiago, como recuerdo a la celebración de su Centenario, la fuente artística del escultor argentino Arturo Dresco, recientemente colocada en la Plaza San Martín. El proyecto fue puesto en votación, siendo sancionado por unanimidad de votos. El intendente de Buenos Aires, Manuel Güiraldes, dio fiel cumplimiento a lo acordado por el Honorable Concejo Municipal y la escultura fue despachada vía ferrocarril trasandino a Santiago de Chile.
El alcalde de Santiago, Luis A. Moreno, recibió a mediados de febrero la donación argentina para nuestro centenario y en abril de 1911 se instaló el grupo escultórico en la plazuela ubicada frente al Teatro Municipal.
Busto de Bartolomé Mitre
La presencia en Chile de un grupo de argentinos eminentes, que huyeron de su patria durante los aciagos días de la dictadura de Rosas, es inseparable de la historia del desarrollo intelectual de nuestro país. Eran espíritus selectos que resumían la mejor cultura americana de la época. Dos nombres bastarían para probarlo: Bartolomé Mitre y Domingo Faustino Sarmiento, si no hubiera que agregar los de Juan Bautista Alberdi, Juan María Gutiérrez, Vicente Fidel López, Gabriel Ocampo y otros. Llegaban a una hora propicia para desplegar a este lado de Los Andes, en libertad perfecta, todo el vuelo de sus inteligencias privilegiadas. Chile los recibía, no como extranjeros, no como proscritos, sino como hermanos y auxiliares de nuestro propio progreso, en quienes anidaban los mismos ideales que por esos días agitaban a la juventud chilena.
Puede decirse que al día siguiente de pisar suelo chileno, Mitre gana amigos. Tiene un círculo. Se sienta entre Lastarria y Barros Arana, Vicuña Mackenna y José Joaquín Vallejos. Escuchado con respeto. Rodeado de consideración y deferencias, que raras veces recibe un emigrado, pero explican la distinción personal, el claro talento y equilibrio del futuro mandatario argentino.
Al cumplirse el centenario del nacimiento de Mitre, Chile sintió que debía concretar su condición de nación agradecida. Se encargó un busto de bronce al escultor chileno Juan Antón Sepúlveda, sobre pedestal y piedra. La inauguración, el 26 de junio de 1921, contó con la presencia del Presidente de la República y lo más relevante del mundo social capitalino, a lo cual se agregó la disposición de la Municipalidad de Santiago de colocar el nombre del general Bartolomé Mitre a una calle de la urbe.
Carlos Calderón Ruiz de Gamboa
Escritor-Historiador |