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Con un año marcado por la celebración de varios bicentenarios de independencia, los países América del Sur enfrentan escenarios políticos con distintos grados de gobernabilidad democrática, donde es posible identificar la presencia de etapas de desarrollo con diferentes grados de éxito en lo económico e importantes deudas sociales en cada uno de ellos, a pesar de que algunos muestran crecimientos importantes en sus economías.
AL realizar un balance de la situación en la región, es posible destacar el mejor desempeño de las economías respecto del resto de América, básicamente por el aumento creciente de las exportaciones de materias primas producto del aumento de demanda por parte de China e India, que en un corto plazo se han transformado en los principales sostenedores de la economía mundial, ya sea por su alto consumo de bienes y servicios como también por el rápido incremento del proceso de industrialización.
Este grado de dependencia de las economías regionales supone escenarios novedosos en el futuro, toda vez que el mayor vínculo económico conlleva, necesariamente, un acercamiento político en distintas esferas, estableciendo áreas de influencia relevantes. En esta perspectiva, por ejemplo, el interés para participar en forma asociativa en los desarrollos nucleares -con fines pacíficos- que algunos países de la región han declarado y otros han mostrado interés, definirá una relación compleja en un orden mundial aún en evolución y donde las naciones del cono sur de América tendrán que definir posiciones en aspectos que van mucho más allá de los tradicionales ejes de política exterior.
Desigualdades sociales y derechos democráticos
En lo social, resulta notable constatar el hecho de que a pesar de tener un mayor crecimiento económico, las desigualdades y diferencias en la distribución del ingreso o los niveles de pobreza se mantienen en rangos de evidente preocupación nacional e internacional. La cuestión de que los países accedan a mayores ingresos en virtud de poseer equilibrios macroeconómicos no ha ido acompañado de un mejor Estado, en términos institucionales, asociados a eficiencia, transparencia y calidad de servicios. La solidez de estas instituciones se transforma en un déficit y una debilidad para dar cuenta de mayores y sustantivos avances en un área donde los electores son especialmente sensibles al comportamiento de los gobiernos y las elites.
En lo que respecta al desarrollo democrático de la región, la tendencia creciente se orienta a una preferencia marcada por los liderazgos personalistas, dejando de lado los sistemas de partidos y debilitando, por esa vía, sistemas democráticos que dan cuenta de falencias en lo institucional pero ahora ampliándolas hacia los mecanismos de representación y participación ciudadana. Los niveles de abstención real se mantienen sobre el 30% superando en algunos casos el 40%, donde un porcentaje importante corresponde a jóvenes menores a 30 años.
En otro sentido, la fórmula de designación de candidatos dista mucho de incentivar la participación de la ciudadanía que simpatiza o milita en los partidos políticos, dando cuenta de procesos autoritarios o de simple designación por los grupos de poder. Un panorama no menos prometedor existe en toda la opacidad del financiamiento de la política, donde la crítica y la credibilidad de partidos y líderes son muy bajas. Resulta hasta paradojal que estando la región en un proceso de franca evolución económica, los procesos de profundización democrática den cuenta de una marcada preocupación por las formas democráticas antes de asegurar mecanismos efectivos de consolidación. En otras palabras, la gran inserción en el funcionamiento de los mercados no tiene correlación con la ampliación de las oportunidades y derechos democráticos, mostrando una tendencia hacia nuevas formas de autoritarismos, bajo el paraguas de procesos formales de elección popular.
En la mirada de los países hacia horizontes de largo plazo, definidos más allá de diez años, hay preocupación por atender los requerimientos ineludibles de la inversión extranjera por mayor acceso a energía como también de la sociedad por el cuidado y protección del medioambiente, por colocar dos ejemplos. Sin embargo, esta preocupación aparece orientada a satisfacer metas de corto plazo antes que plantearse una evaluación integral de los desafíos para los próximos decenios. Ello se traduce en un predominio de ofertas electorales destinadas a lograr el poder antes que propuestas de contenido estratégico que permitan satisfacer las expectativas de bienestar de la población.
No obstante, se insiste en mantener ejes tradicionales asociados a mejorar condiciones sociales (educación, salud, vivienda), como los únicos y más importantes factores que determinan el desarrollo social configurando una suerte de reduccionismo preocupante en la visión estratégica.
En todo ello existe una suerte de paradoja poco explorada. Mientras el compromiso democrático pareciera ser un punto de convergencia e, incluso, de integración, los intereses de los distintos países no parecieran marchar en un sentido similar. En los hechos existe un discurso integrador, pero escasas expresiones concretas de avanzar decididamente y con la suficiente voluntad política para crear una región integrada, a pesar del incremento en el comercio bilateral y regional.
Existe una mayor interacción comercial e incluso política respecto de temas puntuales pero no del manejo cooperativo en el sistema internacional, de una agenda compartida. Las razones son varias y transitan desde las diferencias en los estilos de gobierno y modelos de sociedad (ideologías) hasta las diferencias -a veces notables- en el plano social, económico y financiero de cada uno de los países.
Varios de ellos han aprovechado el mercado mundial para insertarse plenamente mientras que otros mantienen un prudente ritmo por no poseer las condiciones exigidas o, por el contrario, como es el caso de Brasil que mantiene un objetivo manifiesto de convertirse y ser reconocido como potencia mundial, mientras establece los suficientes vínculos políticos con una región que no necesariamente marcha al ritmo impuesto por su visión estratégica.
Chile y su entorno
Respecto de Chile y su vecindad, los próximos años estarán marcados por la resolución que la Corte de la Haya defina para la demanda planteada por Perú sobre el aumento de su Zona Económica Exclusiva (ZEE) y modificación del límite marítimo existente con nuestro país, como también por el avance y propuestas acerca de la agenda de 13 puntos -actualmente en proceso de diálogo y negociación con Bolivia- que parece agotarse en si misma por la falta concreta de avances.
La situación con Argentina avanzará en un proceso creciente de integración, pero no exento de diferencias respecto de la forma de asumir posiciones conjuntas frente a la globalización o a temas que aún mantienen aspectos pendientes de definición, como es el caso de Campos de Hielos Sur, donde la comisión binacional tendrá que entregar las especificaciones de la demarcación aún pendiente.
Es un escenario que definirá la calidad de las relaciones políticas y estratégicas, no obstante las económicas y financieras se encuentran en un buen nivel y con auspiciosos resultados en el mediano plazo. En suma, el futuro de países del Cono Sur dependerá de su capacidad para mantener una posición de integración estratégica versus los intentos de proyección autonómica.
Estos años que marcan el bicentenario para varios países dan cuenta de una situación novedosa en la medida que la historia nos convoca a una evaluación, el presente nos plantea desafíos y el futuro nos entrega grados de incertidumbre que precisan de liderazgos y conducción estratégica que no siempre resulta estar disponible como la ciudadanía lo espera. En suma, el bicentenario nos deja con desafíos de insuficiencia y de expectativas incumplidas que se trasladan al próximo tricentenario.
Guillermo Holzmann
Columnista Cuerpo Diplomático en Revista
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