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La impronta de Dilma Rousseff

La presidenta de Brasil se concentra en enfatizar los programas sociales y dando cumplimiento a las Metas del Milenio, es decir, disminuir la pobreza, acortar la brecha de la desigualdad, dar mayor acceso a salud y educación, pero manteniendo el esfuerzo de inserción y liderazgo mundial. Todo ello bajo una conducción distinta y con menos exposición pública que Lula

Por: Guillermo Holzmann - Columnista - Edición Nº 184

Brasil ha empezado una nueva etapa en la consecución de sus objetivos estratégicos, relacionados principalmente a la obtención de un reconocimiento como potencia mundial para la década del 2020. En este contexto, es importante reconocer que Lula significó -en sus ocho años de gobierno- un giro en la política doméstica y exterior de Brasil. Por una parte, consolidó un estilo de gobierno, que siendo inclusivo con las distintas visiones políticas existentes al interior del sistema de partidos políticos, logró imponer un modelo mediante procesos de negociación política orientado a establecer una gobernabilidad con los distintos conglomerados. De esta manera generó espacios de convergencia en torno a intereses de largo plazo y bajo temas estratégicos expresados en el Proyecto "Brasil Tres Tiempos", donde se identifican los 50 objetivos para alcanzar en un horizonte de 50 años y definiendo las etapas para obtener los resultados esperados. Alrededor de este Plan, el Gobierno de Lula diseñó las estrategias de inserción internacional, los programas sociales focalizados en la salud, la educación y la superación de la pobreza, entre otros, como también los lineamientos del crecimiento económico de Brasil.

Es en este proceso donde surge la figura de la actual presidenta, quien fue una activa y estratégica colaboradora de Lula en posiciones ministeriales y de negociación con actores privados, sociales y políticos de Brasil.

La impronta de Dilma Rousseff se caracteriza por la continuidad en las metas de desarrollo estratégico planteadas por Lula y por la adecuación de las condiciones de sustentabilidad política y económica para el cumplimiento de dichos objetivos. Sin embargo, deberá hacerse cargo del mayor gasto ejecutado por Lula los dos últimos años, que incrementaron el déficit fiscal y aumentaron el endeudamiento del país, afectando de paso indicadores claves como la inflación, el tipo de cambio y la política monetaria, entre otros factores.

Con ello, el nuevo gobierno se ha debido focalizar en el ordenamiento interno y en asumir medidas impopulares pero necesarias para dar viabilidad a la inserción internacional de Brasil. En este sentido, la presidenta ha debido hacer ajustes presupuestarios y actuar directamente sobre el gasto, especialmente los de naturaleza administrativa pero manteniendo los programas sociales. Brasil enfrenta 2011 con una proyección de crecimiento de 4,1% y una reducción del gasto equivalente al 1,2% del PIB.

En este contexto, el estilo de gobierno de Dilma Rousseff estará marcado por enfatizar los programas sociales y dar cumplimiento a las Metas del Milenio en términos de disminución de la pobreza, acortamiento de la brecha de la desigualdad, mayor acceso a salud y educación, manteniendo el esfuerzo de inserción y liderazgo mundial. Todo ello bajo un estilo distinto y con menos exposición pública del utilizado por Lula.

Este nuevo estilo apuesta a los resultados más que a los procesos de negociación política, razón por la cual se asume que su relación con el sistema de partidos será menor que la esperada y mantendrá un corte tecnocrático en su gestión. Ello significa una fórmula gubernamental con estrategias diferenciadas de su antecesor, marcadas por la búsqueda de equilibrios macroeconómicos validados por el sistema financiero internacional. El apoyo de los congresistas, ya comprometidos con el modelo de desarrollo, será crucial para estos efectos.

Política exterior

En el plano de política exterior, la visión de Brasil se orienta a consolidar el posicionamiento a través del acuerdo conocido bajo la sigla BRIC (Brasil, Rusia, India y China), pero ampliando su área de influencia hacia América del Sur y mejorando la relación con Estados Unidos. Al respecto, el distanciamiento de Irán constituye una noticia relevante para entender los énfasis de la nueva administración. Del mismo modo, el foco en MERCOSUR y la búsqueda de un acercamiento estratégico con Argentina constituyen dos novedades que serán relevantes en el futuro mediato, toda vez que supone un impulso al comercio regional y un seguimiento más cercano de UNASUR, que está en una etapa de "statu quo" luego de la presidencia ejercida por Ecuador.

Un aspecto necesario de considerar es que las acciones y decisiones que impulsa el gobierno se encaminan a consolidar una posición de país emergente y en proceso de industrialización, lo cual exige una generación de energía que permita sus viabilidad en el tiempo y además posibilite el surgimiento de la zona central de Brasil -la Amazonía- de una forma que sea coherente con los objetivos del proyecto-país. Ello implica inversiones ya realizadas y otras proyectadas en desarrollos nucleares, pero especialmente, en inversiones en países vecinos y otros más cercanos que les permitan acceder a energía que sustente el desarrollo agrícola e industrial de una vasta zona. En esta perspectiva, por ejemplo, las inversiones realizadas y proyectadas en Perú como las que están pendientes en Bolivia dan cuenta de una voluntad de aprovechar los recursos disponibles en la región, para satisfacer sus necesidades energéticas futuras.

Se quiera o no, el desarrollo económico, social e industrial de Brasil se transformará en un motor para las economías regionales y ello debiera ser incorporado en los planes programáticos de cada gobierno de la región, pues de su adecuada interpretación y comprensión será posible observar los escenarios futuros que impondrá el gigante de América del Sur. Por el momento, la visión más tecnocrática de Dilma Rousseff se convierte en un referente estratégico cuyas implicancias será plenamente visible al 2020, cuando los planes sociales den los frutos esperados en términos de demostrar un nivel de desarrollo social y productivo que dejará a Brasil ad portas de ser considerado un país plenamente desarrollado.

Guillermo Holzmann
Analista Político, Magíster en Ciencia Política
Director Área Estrategia, Prospectiva, Seguridad y Defensa

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Edición 186


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