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La línea socio-política que marca nuestra nacionalidad

Es imperioso reflexionar sobre la posición de Chile en el concierto latinoamericano, con la finalidad de establecer los logros y deudas que nos deja el Bicentenario

Por: Guillermo Holzmann - Columnista - Edición Nº 182
 
 

La celebración del Bicentenario ofrece la oportunidad de evaluar una línea de tiempo pasada, definida por hechos históricos que explican -en gran medida- la forma en que un país ha construido y generado su actual estado de desarrollo. Hay quienes plantean una visión meramente descriptiva como una manera de establecer una fórmula simple de comprensión de los fenómenos y su importancia relativa en la línea de tiempo. Otras visiones intentan asumir una relación causa - efecto, privilegiando una mirada cualitativa y estableciendo relaciones entre variables con el fin de explicar lo que se ha logrado, y las razones de no haber cumplido las expectativas ofrecidas en momentos pretéritos.

Cualquiera que sea la aproximación que se tenga, resulta hasta sorprendente, en una perspectiva del siglo XXI, constatar que los países de América Latina, en general, coinciden en el surgimiento a estados nacionales y la implementación de repúblicas democráticas, toda vez que el bicentenario da cuenta de un desarrollo asimétrico y con altas variaciones en la distribución de la riqueza y la desigualdad social. Los informes del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), entre varios otros de organismos regionales e internacionales, dan cuenta de un desarrollo que ha estado sometido a condiciones diversas y dependiente no sólo de las condiciones externas sino de las capacidades de liderazgo políticas en la conducción de cada país. En este contexto, resulta necesario reflexionar de la posición relativa de Chile en el concierto latinoamericano con la finalidad de establecer los logros y deudas que nos deja el bicentenario.

El escenario en 1910

En el centenario (1910) era la visión de los líderes políticos y sociales los que determinaron, en gran medida, los lineamientos de cada país y la forma en que enfrentaron un periodo que implicó cambios sustantivos a nivel mundial, tanto en el modelo de desarrollo asociado al proceso de industrialización como en las confrontaciones ideológicas vinculadas a guerras y estrategias de dominación y control de recursos naturales. Los países de América Latina fueron privilegiados observadores como activos participantes en la lucha por imponer modelos de sociedad que terminaron en una confrontación inédita en la historia hasta entonces: la Guerra Fría.

Junto a lo anterior, en los últimos cien años las condiciones de vida se han visto impactadas por el incremento sustantivo de la población mundial como también por el crecimiento exponencial de nuevas tecnologías aplicadas a todos los ámbitos de la vida, donde destacan los avances en medicina, comunicaciones, producción industrial e informática, entre varios otros. El resultado ha sido una ampliación impensada en el acceso al conocimiento y la información, con evidentes impactos en el transporte, las ciudades y en la explotación y uso de intensivo de los recursos naturales.

Desde la instauración del Estado Nacional en el siglo XIX, el concepto de independencia se ha ligado a la expresión soberana del pueblo, indicando con ello una cultura particular, una identidad diferenciadora y una población convergente en torno a valores y principios transversalmente aceptados. En la práctica esta soberanía ha permitido ordenar la interacción en el sistema internacional y establecer una jerarquía a nivel mundial entre todos los estados.

En esta pirámide de poder se reconoce la autonomía de cada Estado, pero en la última centuria la dependencia de cada uno de los países, respecto de aquellos que están más cercanos a la cúspide, se ha profundizado a un punto tal que resulta imposible pensar en un desarrollo autárquico, especialmente cuando la Guerra Fría ha quedado atrás y se ha impuesto un proceso de globalización, orientado a establecer un nuevo orden mundial.

Los desafíos del Bicentenario

De esta forma, si bien el Bicentenario nos ofrece la oportunidad de interpretar la historia, nos parece mucho más provocativo aprovechar este momento para fijar la mirada en la conmemoración de los 300 años de independencia.

La preeminencia de una visión liberal impone una exigencia de conducir el cambio que se da en las sociedades, hacia plataformas de efectivo desarrollo social y económico, aprovechando este punto de inflexión.

En este contexto, las nociones de riesgo, incertidumbre y cambio permean tanto al sustrato social como a la clase política, planteando una reforma en el diseño societal, que ya no parte desde la cúspide de la pirámide, sino que debe incorporar obligatoriamente la visión de la base social.

En términos macros, ninguna potencia puede mantener su posición sin generar alianzas o vínculos de dependencia con aquellos que se encuentran bajo su influencia. Del mismo modo, la superación de la pobreza en nuestros países exige integrar a estos grupos en una dinámica participativa, donde se rechaza de plano la imposición de modelos autoritarios.

Lo anterior precisa de reformas estructurales, que se reflejen en la institucionalidad, de manera tal que modifique la distribución de poder en la idea de mejorar la calidad de su ejercicio.

En el caso particular de Chile, los desafíos no son menores, especialmente cuando recientemente ha ingresado al club de países desarrollados (OECD), lo cual supone estándares de gestión y eficiencia transversales al aparato estatal, así como a la gestión de los privados y las alianzas que se generen entre ambos.

Significa una visión horizontal y vinculante entre el individuo y el Estado, como también entre lo estatal y lo privado. Estas dimensiones deben dar cuenta de nuevas fórmulas que vinculen el territorio, la población y las condiciones de explotación de nuestros recursos naturales.

Con miras al tricentenario

El tercer centenario de independencia debería encontrarnos con una sociedad más equitativa y justa, pero a la vez más diversa, integrada y comprometida.

Chile ha logrado sortear vaivenes mundiales, que han tenido un alto costo para otras naciones, mostrando capacidades para visualizar con claridad las decisiones que hoy día es necesario implementar para el logro de las aspiraciones sociales, sin abandonar los principios inspirados de nuestra nacionalidad. Eso será posible en la medida que el liderazgo político incorpore al social como una fórmula necesaria para obtener resultados que se proyecten desde la familia, en su versión del siglo XXI, hasta la organización del Estado, cautelando la dignidad, el bienestar y la completa inserción en un mundo interdependiente, que estará marcado por el manejo de la incertidumbre y la sumisión de los intereses particulares a aquellos que propician una sociedad más armónica.

No basta con una mirada complaciente -incluso más allá de la celebración auténtica que merece la ocasión- sino que es fundamental avanzar hacia niveles de incorporación de los grandes ejes que definirán el siglo XXI, tales como la energía, sustentabilidad de los recursos naturales y la economía, la protección inteligente del medioambiente, la configuración de modelos de desarrollos flexibles y, especialmente, una capacidad de dar cuenta del liderazgo que una sociedad más exigente y diversa plantea como condición para dejar atrás los conflictos ideológicos que marcaron parte importante de nuestro status actual. El bicentenario nos da la oportunidad de lanzar nuestra mirada al futuro, aquel que deseamos dejar a las próximas generaciones.

La natalidad que define el crecimiento demográfico es un tema vital en la visión del tricentenario

Fuente: Villalón, Gustavo. Subdepartamento de Demografía. INE, 2009.

 

Guillermo Holzmann
Columnista Cuerpo Diplomático en Revista

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