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De mente chilena y corazón catalán

Cristián Aguadé, exiliado de la Guerra Civil Española y ciudadano chileno desde hace medio siglo, a sus 88 años sigue soñando con ver a su tierra natal independiente

Por: Margarita Espinoza - Periodista - Edición Nº 180
 
Cristián Aguadé Cortés
 
Cristián Aguadé Cortés
 

Sentado en su sofá de cuero negro, Cristián Aguadé Cortés aclara de partida: "no me siento inmigrante, sino un exiliado político de la Guerra Civil Española''. A los 17 años ingresó al Ejército Republicano, pero un año más tarde tuvo que salir junto a estos combatientes y los refugiados rumbo a Francia. "A los que se quedaron los fusilaron'', cuenta. "Mi familia se quiso quedar. Mi padre era político y se esperaba que con la guerra europea contra los fascistas cayera Franco''. Pero aquello no ocurrió y los Aguadé también cruzaron la frontera hacia París.

Natal de Barcelona, hijo del médico Jaume Aguadé, ex alcalde y ministro del Trabajo del gobierno español durante la Guerra Civil , Cristián tenía 18 años cuando se embarcó hacia Chile en el "Formosa'', un barco francés de carga. Era noviembre de 1939. "Venían 50 refugiados. De España salieron 500 mil personas: había civiles y soldados. A algunos se les ofreció la oportunidad de venir a América bajo un sistema de ayuda que contribuyera a formar un gobierno español provisional en el exilio. Las opciones eran México o Chile'', rememora Aguadé en un español que aún conserva el acento catalán.

Su padre lo despidió en el muelle de Le Havre y antes de que zarpara el barco les gritó a sus amigos: "¡Cuídenmelo!''. "Fue la última vez que nos vimos'', recuerda.

"Estaba feliz de la vida de escapar de la guerra europea, aunque un poco triste por dejar a la familia, pero feliz por venir a América'', confiesa arrellanado en su sofá, enfundado en un traje de cotelé azul piedra, camisa celeste y corbata negra.

En su equipaje traía algo de ropa y unas cuantas fotos familiares que hoy ilustran parte de su libro "Lucha inconclusa: memorias de un catalán exiliado a Chile'' (Catalonia). Un relato autobiográfico que surgió de la idea del escritor, también catalán, Juliá Guillamon, con una mirada propia y ajena a la vez porque, como dice en su introducción Guillermo Tejeda, "la cabeza de Cristián Aguadé se compone al menos de dos cabezas: una chilena y otra catalana''.

Su pasaporte decía "electricista'', oficio que nunca estudió pero que le permitió embarcarse a Chile. "Aquí nuestra conexión era el Centre Catalá, donde se nos acogía y todos éramos amigos hasta que encontrábamos trabajo''.

A pintar paredes

Tres meses antes había llegado a Chile el Winnipeg con más de dos mil refugiados, los cuales habían ocupado todas las opciones laborales disponibles. Al final encontró uno en la editorial Nascimento, como corrector de prueba de textos y de imprenta. "Ahí estuve un año y me independicé para irme con un compañero de viaje: el escultor Claudio Tarragó, 20 años mayor que yo, y empezamos a trabajar por nuestra cuenta'', rememora.

"Primero tratamos de hacer juguetes de madera, pero como no teníamos capital suficiente tuvimos que dedicarnos a pintar paredes''.

Dos años más tarde, su familia que había quedado en Francia viajó a México, donde se exilió.

La sociedad con Tarragó creció, primero como subcontratistas, y luego como pequeños empresarios artesanales.

A su mujer, la reconocida pintora Roser Brú, la conoció en el colegio. Casualmente se volvieron a ver en Montpellier, donde nació una relación amorosa. Ella vino a Chile en el Winnipeg y años más tarde se casaron, tuvieron dos hijas, Tessa y Agna, y una relación de 30 años.

Muebles de pino y totora

El arquitecto catalán Germán Rodríguez Arias, también refugiado, con quien había iniciado amistad, les regaló el proyecto de los muebles para su nueva casa: eran de pino y totora. "Los hicimos en el tallercito que teníamos en la Avenida Italia. Le gustaron a toda la gente, después pusimos un taller más grande y luego una fábrica'', hasta dar vida a Muebles Sur, en 1944, empresa que hasta hoy conserva.

"Me metí en esto por casualidad, pero esto no quiere decir que soy un amante del diseño'', confiesa. Aunque el bichito del arte estaba en su sangre: su madre Carme ( sic ) era pintora, al igual que su hermana Carme María ( sic ), hoy de 94 años. "Toda la vida he vivido entre artistas'', dice. Y su influencia se nota. En su moderna oficina de Providencia reposa un busto suyo esculpido por Tarragó y pinturas de Roberto Matta, Roser Brú, y de su madre, quien lo retrató de joven.

Lucha inconclusa

Después de 20 años de exilio, Cristián Aguadé ha estado yendo y viniendo de Cataluña, fiel a la causa que, afirma, no termina. "Mi lucha está inconclusa en lo político. Los catalanes no hemos terminado con el centralismo español que nos tiene agobiados desde hace 300 años'', aclara.

Al escribir "Lucha inconclusa'' no pensó en una biografía personal, sino en hacer una historia política de la guerra civil, del exilio y de la recuperación de la democracia en España. "Esa era la idea central, pero luego me dijeron que mis experiencias las pusiera en un contexto más personal. Entonces me embrollé con mi vida. Y mi vida es embrollada'', admite sonriendo.

Si hasta fama de playboy le han colgado. "Era un decir. En mi juventud no era nada feo, muy buen esquiador, un poco triunfador en los negocios. reunía todo para atraer a las mujeres'', dice.

-¿Cómo llegó a conjugar sus ideas de izquierda con los negocios? Es un tanto contradictorio.

-Se puede tener la plata en un lado y el alma en el otro. Fui totalmente contrario al golpe (del 11 de septiembre) y me opuse a Pinochet en el primer momento; a pesar de que no voté por Allende y no me gustaba el proceso político, no justifiqué jamás el golpe.

-¿Por qué después de tanta lucha se quedó finalmente en Chile?

-En los negocios me iba bastante bien, para hacer viajes muy seguidos a Barcelona. Allí trabajaba en política clandestina para reponer el gobierno catalán en exilio, la Generalitat de Catalunya. La verdad es que si bien yo tenía una buena posición política por mi labor allá, acá tenía un negocio mucho mejor y más tranquilo. Si bien la política que hacía era totalmente idealista, me di cuenta de que no tenía alma ni vocación de político.

Por ahora, a sus 88 años, Aguadé no piensa dejar los negocios. "Voy a jubilar cuando me llegue la muerte... Estoy tratando de escribir reflexiones de senectud. Qué es lo que nos pasa en esta cuarta edad. Escribo cuentos, porque si no sería una novela inconclusa''.

RECUADRO

"Neruda me pedía muebles prestados''

Conoció a Pablo Neruda en Francia, donde había sido destinado como cónsul especial por el gobierno chileno. "Mi padre me llevó a verlo para que me hiciera venir a Chile. Él conocía mucho a mi padre, porque tenía un nombre político destacado en España. Luego, se fue destinado a México".

El reencuentro fue gracias a su amigo Germán Rodríguez Arias, quien le diseñó todas las residencias al poeta. "Las amoblamos nosotros. Estábamos empezando el taller. Hicimos las grandes bibliotecas para sus libros y su colección de caracolas, y después los muebles para la casa de Isla Negra, que todavía están allí''. Como el sillón tapizado con cuero de vaca, que hoy forma parte de la colección del Museo de Artes Decorativas de Barcelona.

"Cuando me casé con Roser, Neruda nos invitaba muy a menudo a su casa, donde vivía con Delia del Carril (la hormiguita). También comió en mi casa y a veces venía a pedirme muebles prestados para algunas instituciones. Siempre tuvimos intercambio'', recuerda.
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Edición 186


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